Vivimos rodeados de medios digitales las 24 horas del día, ya sean móviles, tabletas, relojes inteligentes, ordenadores o pantallas publicitarias. La mayoría de la población hemos tenido que aprender a navegar por esta omnipresente exposición ya en la edad adulta. Las nuevas generaciones, sin embargo, han empezado a relacionarse con el entorno digital desde el nacimiento. Esta relación con las pantallas en pleno proceso de desarrollo cognitivo, motor y social de los pequeños, ha despertado preocupación a padres, madres, investigadores y administraciones. En medio de un debate que todavía está plenamente abierto, intentar averiguar la cantidad máxima, u óptima, de tiempo de pantalla que es recomendable para los niños es todo un reto. En este documento presentamos algunas indicaciones para familias basadas en lo publicado por parte de las entidades y agentes de referencia.
Agentes que recomiendan evitar o limitar el uso de pantallas
La Organización Mundial de la Salud publicó en 2019 unas recomendaciones estrictas sobre el tiempo de exposición de los niños a vídeos o juegos online. La OMS afirma que esta exposición no debería producirse en el primer año de vida y raramente en el segundo. Los niños de 2 a 4 años no deberían pasar más de una hora al día frente a una pantalla. Estas recomendaciones se enmarcan en el contexto de la elaboración de unas directrices de un comité de expertos sobre actividad física, sedentarismo y sueño para niños menores de 5 años.
La American Academy of Pediatrics también recomienda evitar la exposición a herramientas digitales por debajo de los 2 años (excepto en el caso de las videollamadas). A preescolares, propone limitar su uso a no más de una hora diaria de contenido de alta calidad. Para niños de primaria y adolescentes, recomienda que la utilización de dispositivos digitales no desplace otras actividades “analógicas” importantes, como dormir, realizar actividad física o asistir a comidas familiares. En cualquier caso, para cualquier edad recomienda a los adultos compartir y supervisar el uso que hacen los menores de estos contenidos y herramientas digitales.
Por su parte, la American Academy of Child and Adolescent Psychiatry también emitió unas directrices en 2016, que actualizó en 2020, en la que informaba que, de media, los niños de entre 8 y 12 años en Estados Unidos pasan entre 4 y 6 horas al día mirando o utilizando pantallas. En estas pautas, la organización alertaba de que un uso excesivo puede provocar problemas y recomendaba limitar el uso de pantallas en menores de 18 meses a sólo videollamadas. Entre los 18 y 24 meses recomendaban exponer a los niños sólo a programación educativa y con supervisión. Por lo que se refiere a los niños de 2 a 5 años, recomendaban el consumo de contenido no educativo a una hora en días laborables y a 3 horas en días de fin de semana. Para mayores de 6 años, recomendaban fomentar buenos hábitos de uso y limitar las actividades que incluyan pantallas.
La Generalitat de Cataluña, en el contexto del Plan integral de atención a las personas con trastorno mental y adicciones, ha publicado en 2022 la guía Las Tecnologías digitales en la infancia, la adolescencia y la juventud. En este caso, las limitaciones son aún más estrictas y recomiendan que los niños no utilicen ningún tipo de pantalla de hasta 3 años. En los niños de 4 a 6 años, recomiendan limitar su uso a menos de una hora diaria, que debe ser acompañada. En niños de 7 a 12 años proponen un incremento progresivo y supervisado hasta una hora diaria como máximo.
Efectos negativos de la utilización excesiva de las pantallas
Estas directrices hacia la limitación o incluso la evitación de los contenidos digitales y multimedia apuntan a una serie de perjuicios de estas herramientas en la salud de niños y adolescentes:
- Fomentan un estilo de vida sedentario y aumentan el riesgo de obesidad infantil y diabetes. En cuanto al riesgo de obesidad, un estudio realizado con niños de entre 2 y 11 años mostró que se incrementa cuando el televisor está en la habitación.
- La utilización de pantallas puede afectar a los patrones del sueño.
- Las actividades realizadas con pantalla aumentan el nivel de alerta del sistema nervioso central, lo que puede aumentar la ansiedad.
- Existe el riesgo de exposición a contenido inadecuado, desinformación o de contactar con desconocidos online.
¿Hay efectos negativos sobre la cognición, el lenguaje y la salud mental de los niños?
Hasta ahora hemos equiparado el concepto exposición a pantallas, que incluye mirar directamente móviles, tabletas, pero también televisión, al concepto utilización de herramientas digitales, que abre un abanico muy diverso de interacción como ver contenidos audiovisuales como espectador, jugar a videojuegos, publicar contenido en internet o relacionarse a través de redes sociales. Está claro que cuando hablamos de utilización de herramientas y dispositivos digitales estamos frente a una actividad compleja en la que existen varios factores implicados.
En cuanto a la mera exposición a pantallas, los posibles efectos negativos que se han descrito tienen que ver con hábitos de vida saludables relacionados con la prevención de la obesidad infantil, con hábitos de higiene del sueño, con la realización de actividad física y con evitar problemas de ansiedad en los niños.
En 2020, un estudio encontró una asociación entre el aumento del uso de pantallas y la menor integridad microestructural de las vías de sustancia blanca del cerebro que apoyan el lenguaje y las habilidades precursoras de la alfabetización en niños de preescolar. De todos modos, los propios autores reconocen que se necesitan más estudios, especialmente durante las primeras etapas de desarrollo del cerebro.
Sin embargo, la utilización de herramientas y plataformas digitales implica algo más que sólo la exposición a pantallas. Implica un contenido que se consume, un ritmo y una forma de consumir ese contenido, un contexto familiar determinado donde se emplea la herramienta digital, unas dinámicas sociales que se establecen y también una serie de consecuencias del mundo digital sobre el mundo analógico.
Por ejemplo, aunque hay estudios que sugieren un efecto de la exposición a pantallas sobre los resultados en tests de desarrollo, los propios autores admiten que tanto el tiempo ante la pantalla como el rendimiento en las pruebas se asociaron con una variedad de factores a nivel personal y contextual, como los ingresos familiares, la depresión materna, el niño o niña, si al niño se le niño. Esto sugiere que, en la propensión de un niño a pasar un excesivo tiempo de pantalla, pueden influir muchos factores del contexto.
Por otro lado, un estudio asociaba negativamente el tiempo de pantalla a los 2 años con el desarrollo de las funciones ejecutivas en niños de 2 a 3 años, que son un conjunto de habilidades relacionadas con el control inhibitorio, la memoria de trabajo y la flexibilidad cognitiva.
En cuanto a la relación entre la utilización de pantallas y la adquisición del lenguaje de los pequeños, todavía faltan resultados sólidos que muestren una influencia directa, ya que existen todavía pocas publicaciones al respecto. Por ejemplo, un estudio en 2019 halló una asociación significativa entre el uso del móvil y un retraso del habla, declarado por los padres, en niños de 18 meses. Un estudio de 2013 halló resultados preliminares (no significativos) que sugerían que los niños que miraban más de 2 horas de televisión al día aumentaban las probabilidades de obtener puntuaciones bajas en pruebas de comunicación.
En cuanto a la forma en que consumimos contenido digital, un estudio encontró que, en momentos de lectura de cuentos compartidos entre padres y niños, padres e hijos verbalizaban y colaboraban menos cuando empleaban libros electrónicos interactivos que cuando utilizaban libros impresos. Por otro lado, un estudio de neuroimagen publicado en Nature Communications en 2018 apuntaba que la utilización de redes sociales puede afectar al cerebro de los adolescentes, ya que algunos sistemas neurales están todavía por desarrollar y están experimentando cambios. Específicamente, las redes sociales podrían contribuir a una mayor sensibilidad al rechazo que se produce online, a la aceptación, a la influencia de los compañeros ya las interacciones con mucha carga emocional. Los procesos subyacentes de recompensa social, de procesamiento de emociones, de la regulación y de la construcción de la imagen de los demás podrían, además, hacer que los adolescentes sean especialmente susceptibles a noticias falsas, autoexpectativas poco realistas o emociones que regulan mediante el uso adverso de los medios.

